La tentación de una jugada extrema
La frase de Gustavo Petro no fue menor. Cuando un presidente de la República, después de una derrota electoral de su candidato, dice que él mismo se pondrá “al frente”, no está simplemente calentando la tribuna digital. Está enviando una señal política de alto voltaje. Y en política, como en cirugía, una mala lectura puede costar caro: aquí no estamos frente a un trino cualquiera, sino ante la posibilidad de que el Presidente esté contemplando la jugada más dramática de su gobierno: renunciar a la Presidencia para asumir, de cuerpo entero, la campaña de Iván Cepeda.
La hipótesis es audaz, pero no absurda. Petro sabe que la primera vuelta dejó al petrismo en una situación incómoda. Abelardo de la Espriella ganó el primer round y Cepeda quedó vivo, pero golpeado. La izquierda no llegó a la segunda vuelta con sensación de inevitabilidad, sino con urgencia de recomposición. Es decir, no hay tiempo para seminarios, retiros espirituales ni comités de aplausos: quedan apenas días para corregir una campaña que llegó viva, pero herida.
La pregunta de fondo es esta: ¿ayudaría una renuncia de Petro a Iván Cepeda? Mi respuesta es clara: no. Si Petro renuncia para ponerse al frente de la campaña, podría terminar entregándole la Presidencia a Abelardo de la Espriella.
Lo bueno de una renuncia, si es que algo bueno tiene
Hay que decirlo completo: una renuncia de Petro sí tendría algunos beneficios iniciales para Cepeda.
Primero, ordenaría al petrismo. Las fuerzas del Pacto Histórico, los movimientos sociales, los sindicatos, los congresistas y los liderazgos regionales entenderían que la segunda vuelta no es una campaña más, sino la batalla final del proyecto. Petro, con su capacidad de movilización, podría despertar una militancia que hoy luce golpeada por el resultado.
Segundo, pondría a Cepeda en el centro de una causa mayor. Ya no sería solamente el candidato de la izquierda; sería el heredero de un proyecto presidencial que se declara amenazado. Eso puede servir para cohesionar a quienes, incluso con reparos frente a Cepeda, no quieren una victoria de Abelardo.
Tercero, podría convertir la segunda vuelta en una elección de miedo. Y el miedo mueve votos. Petro intentaría instalar la idea de que no se trata de elegir entre dos candidatos, sino entre democracia y autoritarismo, entre vida y violencia, entre progresismo y regresión. Esa narrativa, bien ejecutada, puede ser poderosa.
Pero ahí termina lo bueno. Y empieza el problema.
Lo malo: Petro se volvería el candidato real
El gran riesgo de una renuncia es que Iván Cepeda desaparecería detrás de Petro. Y eso sería letal.
Cepeda necesita crecer. Necesita hablarles a sectores que no son petristas. Necesita tranquilizar al empresariado, a los votantes de centro, a las regiones donde el Gobierno Petro genera resistencia, a los ciudadanos que pueden tener sensibilidad social pero están cansados de la confrontación permanente. Si Petro entra como protagonista absoluto, Cepeda deja de ser candidato y se convierte en apéndice.
La campaña de Cepeda ya la tiene difícil. No imposible, pero sí muy difícil. Para ganar necesita ampliar, no encerrarse. Necesita seducir, no solamente resistir. Necesita parecer gobierno nuevo, no continuidad desesperada. Y si Petro renuncia, la campaña dejaría de ser “Cepeda Presidente” para convertirse en “Petro no se va”. Ese marco favorece a Abelardo.
Además, una renuncia presidencial en plena segunda vuelta produciría ruido institucional. El país no hablaría de propuestas, sino de crisis. No hablaría de programa, sino de sucesión. No hablaría de Cepeda, sino de Petro. En política, quien domina la conversación domina el tablero. Y en ese escenario Abelardo tendría el marco perfecto: orden contra caos.
El asunto legal: no es simplemente salir por la puerta
La renuncia de un Presidente no es un acto doméstico. No es recoger los libros del despacho, apagar la luz y dejar las llaves en portería. La Constitución establece que una renuncia presidencial solo produce falta absoluta cuando es aceptada. El artículo 194 señala que son faltas absolutas del Presidente, entre otras, “su renuncia aceptada”.
¿Quién acepta esa renuncia? El Senado. El artículo 173 de la Constitución le atribuye expresamente al Senado la función de admitir o no las renuncias que hagan de sus empleos el Presidente o el Vicepresidente de la República.
Si el Senado acepta la renuncia, se configura la falta absoluta. En ese caso, la Vicepresidenta asumiría la Presidencia hasta terminar el período constitucional. En plata blanca: Petro podría presentar la renuncia, pero no se va jurídicamente hasta que el Senado la acepte. Y si la acepta, Francia Márquez asumiría la Presidencia hasta el 7 de agosto de 2026.
Los tiempos: una bomba en cámara rápida
El calendario es otro problema. Si la segunda vuelta está encima, cualquier renuncia tendría que moverse en cuestión de días. Petro tendría que radicar la carta, el Senado tendría que tramitarla, discutirla y decidir si la acepta o no. Luego tendría que activarse la sucesión presidencial.
Ese proceso, aunque constitucionalmente posible, sería políticamente explosivo. Cada hora de trámite sería una novela nacional. ¿El Senado acepta? ¿La rechaza? ¿Petro queda atrapado en su propio anuncio? ¿Francia asume? ¿El Gobierno cambia de tono? ¿Los ministros salen a campaña? ¿La institucionalidad resiste? ¿El país se polariza aún más?
Mientras tanto, Abelardo podría quedarse quieto, mirar la tormenta y decir: “Yo soy el orden”. A veces en política no gana quien más grita, sino quien parece menos desesperado.
El problema de la participación en política
Hay además otro punto delicado: la participación del Presidente en campaña. La Ley 996 de 2005 define las actividades de campaña presidencial como la promoción política y la propaganda electoral a favor de un candidato. También define propaganda electoral como las actividades dirigidas de manera directa a convocar a los electores a votar por alguien.
Si Petro, siendo Presidente, se pone “al frente” de la campaña de Cepeda, entra en una zona jurídicamente peligrosa. Si renuncia, gana libertad política, pero paga un costo institucional gigantesco. Si no renuncia y aun así actúa como jefe de campaña, el problema puede ser peor: convertiría la Casa de Nariño en comité político, y eso abriría una discusión seria sobre garantías electorales.
Por eso la frase de Petro tiene tanta gravedad. No es solo una frase de combate. Es una frase que toca el nervio institucional del país.
Lo que debería hacer Cepeda
Si Iván Cepeda quiere ganar, debe hacer exactamente lo contrario a esconderse detrás de Petro. Tiene que asumir el liderazgo. Tiene que hacer una reingeniería total de su campaña.
Primero, debe tomar el mando narrativo. La campaña no puede seguir dependiendo del temperamento presidencial. Cepeda debe hablarle al país como candidato, no como heredero. Tiene que demostrar que tiene voz propia, autoridad propia y proyecto propio.
Segundo, debe ampliar el mensaje. Si la segunda vuelta se convierte en una pelea entre petrismo y antipetrismo, Abelardo tiene ventaja. Cepeda necesita construir una coalición más ancha que el Pacto Histórico. Necesita convocar liberales, verdes, sectores de centro, empresarios moderados, jóvenes urbanos, mujeres, víctimas, regiones periféricas y ciudadanos que no quieren saltar al vacío.
Tercero, debe abandonar la campaña de resistencia y pasar a una campaña de confianza. A estas alturas no basta con decir que Abelardo es un riesgo. Cepeda tiene que explicar por qué él no lo es. El miedo sirve para cerrar filas, pero la confianza sirve para ganar elecciones.
Cuarto, debe reorganizar su equipo. Una segunda vuelta no se gana con el mismo libreto que perdió la primera. Hay que revisar vocerías, agenda territorial, pauta digital, narrativa emocional, estrategia de contraste, presencia en medios, alianzas regionales y mensaje económico. Reingeniería significa tocar poder interno. Y eso duele. Pero perder duele más.
La paradoja final
Petro puede creer que renunciando salva a Cepeda. Pero podría hundirlo.
Porque la renuncia pondría al Presidente saliente en el centro de la elección, justo cuando Cepeda necesita demostrar que puede ser Presidente por sí mismo. Convertiría la segunda vuelta en un referendo sobre Petro, justo cuando el petrismo necesita conquistar a quienes no son petristas. Le regalaría a Abelardo la bandera del orden, justo cuando la derecha necesita ordenar el miedo ciudadano.
La mejor ayuda que Petro podría darle a Cepeda no es renunciar. Es contenerse. Pero la contención nunca ha sido el fuerte del Presidente.
Si Petro renuncia, no estaría haciendo una jugada maestra. Estaría cometiendo un error histórico. La épica puede emocionar a los convencidos, pero las elecciones se ganan con los no convencidos. Y si algo quedó claro en la primera vuelta es que Cepeda no necesita más aplausos de los suyos: necesita votos de los otros.
Por eso, si la hipótesis se cumple, mi conclusión es tajante: una renuncia de Petro no salvaría la campaña de Iván Cepeda; probablemente le entregaría la Presidencia a Abelardo de la Espriella.
Y en política, cuando uno le entrega al adversario el marco, el miedo, la bandera y la narrativa, no está haciendo campaña. Está firmando la derrota con buena letra.
Nota: esta columna desarrolla una hipótesis política de opinión. Las referencias constitucionales principales corresponden a los artículos 173 y 194 de la Constitución Política de Colombia, y al régimen de participación en campaña presidencial de la Ley 996 de 2005.

