En política hay momentos en los que una campaña deja de ser propaganda y se convierte en examen público. La segunda vuelta presidencial es uno de ellos. Ya no se trata de gritarle a los convencidos, emocionar a la barra propia o repetir frases hechas para redes sociales. En segunda vuelta, el país entero mira con otra lupa: quiere saber quién resiste presión, quién tiene programa, quién improvisa, quién evade y quién realmente puede gobernar.
Por eso los debates importan.
No siempre cambian una elección, pero cuando una contienda está cerrada, polarizada o emocionalmente cargada, un debate puede convertirse en el único escenario donde el ciudadano ve a los candidatos sin filtros, sin edición, sin libreto perfecto y sin la cómoda protección del aplauso amigo.
La historia política moderna tiene un punto de partida inevitable: el debate entre John F. Kennedy y Richard Nixon en 1960. No fue simplemente un cruce de ideas; fue el nacimiento de la política televisada como campo de batalla. Kennedy entendió la cámara. Nixon no. Kennedy apareció fresco, seguro y sereno. Nixon lució incómodo, cansado y golpeado por el formato. A partir de ese momento, el mundo entendió que en política no solo importa lo que se dice, sino cómo se sostiene la mirada mientras se dice.
Ese primer debate presidencial televisado fue visto por decenas de millones de estadounidenses y marcó un antes y un después en la relación entre televisión, liderazgo e imagen pública. No porque la televisión deba reemplazar las ideas, sino porque reveló una verdad incómoda: el poder también se comunica con presencia, temple y control emocional.
Otro ejemplo poderoso es Francia en 2017. Emmanuel Macron y Marine Le Pen llegaron al debate final de segunda vuelta en medio de una elección altamente polarizada. Le Pen necesitaba demostrar solvencia presidencial. Macron necesitaba demostrar que no era solo un fenómeno tecnocrático. El debate fue duro, áspero y por momentos caótico, pero terminó reforzando la percepción de que Macron tenía más dominio del escenario, más control del mensaje y más capacidad para ocupar el centro político. Le Pen, en cambio, salió golpeada por una imagen de agresividad y falta de precisión. En una segunda vuelta, ese tipo de momentos pesan.
Colombia debería mirar esos antecedentes con seriedad. No para copiar formatos como quien compra corbata prestada, sino para entender algo elemental: en democracia, quien aspira a gobernar debe estar dispuesto a confrontar ideas en público. Un candidato presidencial que no debate se parece demasiado a un boxeador que quiere el cinturón sin subirse al ring.
Y aquí aparece el punto central.
En una eventual segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, el debate sería probablemente la única oportunidad real que tendría Cepeda de alterar una dinámica electoral adversa. No porque tenga garantizado ganar el intercambio. Al contrario: las probabilidades de que pueda derrotar a Abelardo en un debate serían mínimas si Abelardo llega preparado, enfocado, con tono presidencial y sin caer en provocaciones. Pero en política las campañas no se ganan solamente por probabilidades; también se juegan por momentos.
Para Cepeda, debatir sería una jugada arriesgada, pero honesta. Arriesgada porque enfrentarse a un adversario de fuerte carácter, con capacidad verbal y narrativa de confrontación, podría terminar consolidando aún más a Abelardo. Pero honesta porque el país tiene derecho a ver a los dos candidatos defendiendo su visión de Estado, seguridad, economía, justicia, libertades, propiedad privada, paz, orden público y futuro institucional.
El que quiera gobernar Colombia debe poder responder sin libreto. Debe poder explicar cómo va a generar empleo, cómo va a proteger al ciudadano, cómo va a defender la protesta sin permitir bloqueos, cómo va a manejar las cárceles, cómo va a garantizar crecimiento económico, cómo va a respetar la Constitución y cómo va a liderar un país agotado por la pelea permanente.
Ahora bien, lo que tampoco funciona es que un candidato diga: “yo debato, pero bajo mis condiciones, con mis reglas, en mi cancha y con mi árbitro”. Eso no es debate: eso es karaoke político con público seleccionado.
Abelardo no debería caer en la tentación de imponer el escenario como si el país fuera una audiencia subordinada a su estrategia. Puede exigir garantías, claro. Puede reclamar reglas limpias, por supuesto. Puede pedir equilibrio, moderación seria, tiempos iguales, derecho a réplica y preguntas bien formuladas. Pero no debería parecer que le teme al debate o que solo acepta debatir si el tablero está dibujado a su favor.
La democracia necesita debates, no emboscadas. Necesita contraste, no encerronas. Necesita reglas, no caprichos.
Por eso Colombia debería construir una unidad de medios para organizar los debates presidenciales de segunda vuelta. Una alianza seria entre los principales medios nacionales, regionales, públicos, privados, digitales, radiales y televisivos. No un debate hecho para favorecer al candidato que grita más, ni al que sonríe mejor, ni al que tiene más amigos en la mesa editorial. Un debate con reglas claras, transparentes y equitativas.
Ese formato debería incluir tiempos iguales, bloques temáticos, preguntas ciudadanas, verificación posterior de datos, moderadores con credibilidad, derecho de réplica limitado y sanción simbólica para quien evada respuestas. Porque Colombia no necesita otro espectáculo de interrupciones. Para circo ya tenemos suficientes funciones en temporada electoral.
Un debate presidencial serio no debe premiar al más teatral, sino al más preparado. No debe convertirse en concurso de frases virales, sino en una prueba de carácter, conocimiento y serenidad. El país necesita ver quién gobierna sus emociones antes de decidir quién gobernará sus instituciones.
Para Abelardo, el reto sería enorme. Si quiere conquistar votos de centro, no le basta con mantener firmeza. Debe demostrar confianza. Debe conservar sus convicciones, pero moderar el tono. La firmeza sin serenidad puede asustar. La autoridad sin equilibrio puede parecer amenaza. Y en segunda vuelta, los extremos ya están definidos; la elección se gana con quienes todavía dudan, con quienes no quieren saltar al vacío ni por izquierda ni por derecha.
Para Cepeda, el debate sería la posibilidad de intentar romper el cerco, mostrarse menos ideológico y más presidencial. Pero también sería el escenario donde sus contradicciones quedarían expuestas con lupa. Un debate no perdona la evasiva. La cámara tiene una virtud cruel: detecta cuando el candidato no responde, cuando se refugia en consignas o cuando confunde discurso con gobierno.
En últimas, los debates no reemplazan las elecciones, pero las dignifican. No sustituyen los programas, pero los obligan a existir. No garantizan que gane el mejor, pero sí ayudan a que el ciudadano vea quién está más cerca de estar listo.
Colombia merece una segunda vuelta con debate. No por espectáculo. No por rating. No por morbo político. La merece porque la Presidencia no es un premio de popularidad, sino una responsabilidad histórica.
Y quien quiera llegar a la Casa de Nariño debe tener el valor elemental de mirar al país de frente, mirar a su adversario a los ojos y responder.
Porque en democracia, el debate no es una cortesía. Es una obligación moral.

